jueves, 29 de diciembre de 2011

El fruto maduro de una vida entregada a Dios


Viernes, Agosto 26, 2011 | RelevanteSonia Gabriela Ceja Ramírez
El jueves 25 de agosto la Iglesia de Guadalajara despidió mediante solemne Misa Exequial a Mons. Guillermo Ma. Havers Omer, sacerdote perteneciente a la Diócesis de Koln en Alemania, pero que desde hace 29 años radicaba en Guadalajara.
La Misa tuvo lugar en la parroquia de La Madre de Dios, en la Colonia Providencia, donde Mons. Havers ejerció su ministerio durante algunos años.
La ceremonia de cuerpo presente fue presidida por el Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, Arzobispo de Guadalajara, y concelebrada por los señores Obispos Rafael Martínez Saínz, Auxiliar de Guadalajara y Mons. Felipe Aguirre Franco, Arzobispo Emérito de Acapulco, además, de unos veinte sacerdotes, algunas decenas de religiosas y numerosos fieles laicos.
Quien mucho amó puede aspirar a la vida eterna
Durante la homilía el señor Cardenal explicó que la persona que sabe servir es la que puede aspirar a la vida eterna. Respecto al Evangelio, el purpurado refirió que las lecturas que nos hablan sobre el juicio ante Dios, son la materia a estudiar para el examen final del jucio en el que Dios nos pedirá cuentas de los talentos que nos otorgó en esta vida. “Si amamos, hemos pasado de la muerte a la vida”, dijo.
El señor Cardenal explicó que los sacerdotes, radicalmente optan por servir a los demás. “Los llamados por el Señor al sacerdocio, renuncian a su familia y a la posibilidad de formar una familia propia. Renuncian a su propia voluntad para obedecer y parecerse a Cristo que no vino a servirse sino a servir”.
Respecto a Mons. Guillermo María Havers, quien falleció a los 93 años de edad y vivió 63 de ellos como presbitero, el Cardenal Sandoval Íñiguez relató cómo el sacerdote de origen alemán nacido en Berna, Suiza fue sacado del Seminario en Colonia, Alemania, para ser reclutado por el ejército durante la Segunda Guerra Mundial y ser enviado al frente en Rusia, para después ser mandado a Albania y finalmente escapar y ser ordenado sacerdote en Roma.
Posteriormente, fue enviado a prestar el servicio pastoral para la comunidad alemana en México y una vez jubilado escogió la ciudad de Guadalajara para radicar los últimos 29 años de su vida.
Mons. Havers en tierras tapatías
“Durante su estancia en esta Arquidiócesis se distinguió como sacerdote ejemplar, bondadoso, íntegro”.
“Su legado son sus escritos sobre los santos, especialmente las biografías sobre los Santos Mártires Mexicanos, así como sus estudios y tratados sobre liturgia y catequesis. Como amigo fue siempre fiel y respetuoso”.
“Encomendamos su alma al Señor. Si amamos a Dios, estamos del lado de la vida, dice San Juan. Deseamos que su alma tenga gloria y que el Señor recompense sus trabajos. Sabemos que la esperanza cristiana está en la Resurrección”.
Al término de la Eucaristía, y ante las lágrimas de algunos fieles, Mons. Francisco Javier Barba, párroco de la Madre de Dios, agradeció la presencia de Mons. Havers en la comunidad durante varios años.
Por otra parte el Padre Maurilio Martínez Tamayo, párroco de San Javier de las Colinas donde Mons. Havers vivió los últimos años explicó que según su deseo, sus restos serían depositados en las criptas de la parroquia en la ceremonia que se efectuaría el mismo jueves a las 8 de la noche.
Al finalizar la ceremonia, los asistentes brindaron un caluroso aplauso a quien entregó su existencia en el servicio eclesiástico.
Lo que amó de Guadalajara
En entrevista concedida a Semanario y publicada el 2 de enero de 2009, Mons. Havers explicó que lo que le gustaba de vivir en la Perla tapatía era: “La gran fraternidad que existe entre los sacerdotes; tienen mucha amistad y amabilidad. Tengo contactos muy amistosos con algunos de ellos, he encontrado una gran gentileza; de verdad me sorprendió y me sigue sorprendiendo.
“Además en esta ciudad es hermoso ver que todavía hay familias numerosas, con muchos niños, los veo cuando vienen con 3 ó 4 niños a Misa, eso es también una muy buena experiencia. Otro aspecto importante es el número de vocaciones, tanto al sacerdocio como a la vida religiosa, y la actividad y el apostolado en la parroquia. La gente acostumbra la Misa diaria también, mientras que en mi país, un templo entre semana está prácticamente vacío.
“Admiro mucho la disponibilidad que tienen las personas de ayudar en la Misa, de participar”.
Para leer la entrevista completa, consulte nuestra edición 622 en:
http://www.semanario.com.mx/ps/2009/01/testimonio-de-fidelidad-a-dios-mons-guillermo-havers



Siete sugerencias prácticas para vivir el “Año Eucarístico”

• Pbro. Guillermo Ma. Havers
1. Por la mañana y por la noche saludar al Santísimo Sacramento, desde nuestro domicilio particular.

2. Llegar los domingos, cinco minutos antes de que comience la celebración de la Misa, y tras concluida, permanecer otros cinco minutos más. Desde luego la visita al Santísimo Sacramento durante el transcurso de la semana tiene aún más valor para profundizar la amistad con Jesús.

3. Por amor a Jesús, buscar en este año una sincera y humilde reconciliación con las personas con las cuales se hayan tenido serias dificultades de convivencia.

4. Una vez por semana dedicar un tiempo prolongado a la lectura meditativa de textos que explican el Misterio de la Sagrada Eucaristía, dando preferencia al Catecismo de la Iglesia y a los textos del Papa.

5. Dar este año un donativo especialmente generoso para las obras de caridad o de apostolado de la arquidiócesis; y además del diezmo obligatorio, añadir a nuestro aporte del «Día de la Cooperación Diocesana», una cantidad de dinero equivalente a la que se emplea en fiestas, viajes, accesorios de lujo, etcétera.

6. Hacer un apostolado prudente y discreto entre familiares, amigos y otras personas que no cumplen con la fidelidad a Jesús participando en la Misa dominical, para que vuelvan a descubrir este tesoro inmenso de nuestra vida.

7. Hacer apostolado también en la propia familia y en otras, para que los niños, adolescentes y jóvenes varones se sientan invitados a participar en la Liturgia de su templo parroquial como acólitos; donde igualmente niñas y señoritas tienen variadas posibilidades de ayudar en la Liturgia.






Libro de la semana

Publicado en web el 10 de Febrero, 2011
Tuyo es el Reino
Mártires Mexicanos del Siglo XX
Mons. Ramiro Valdés Sánchez
Mons. Guillermo María Havers
Editorial Libros Católicos. 136 páginas.
En la Presentación de este Libro, el Obispo Auxiliar de Guadalajara, D. José Trinidad González Rodríguez, hace notar que, sobre todo en los años de 1910 a 1940, muchos católicos, en nuestra Patria, sufrieron el odio, los tormentos y la muerte, a manos de los enemigos de la Fe: “A lo largo y a lo ancho de la geografía mexicana, los campos se bañaron de la sangre de los fieles servidores de Cristo Rey, que defendieron con su vida la realeza del Soberano Rey del Universo”.
Acuciosos como han demostrado ser a través de sus investigaciones y de sus diversos escritos, tanto Monseñor José Guadalupe Ramiro Valdés Sánchez, actualmente Vicario General de la Arquidiócesis, como Monseñor Guillermo María Havers Omer, autor de numerosos textos sobre Vidas de Santos, traslucen, en este Libro, su admiración por la vida cristiana ejemplar y la valerosa ofrenda martirial de 22 Presbíteros y tres Laicos que fueron beatificados en 1992 y canonizados en el Año Santo 2000 por el Papa Juan Pablo II.
Igualmente, además de las respectivas biografías, y a modo de ilustración contextual complementaria, transcriben el Decreto de Canonización; una Breve Mirada Histórica de aquellos tiempos aciagos; Decreto sobre el Milagro atribuido a la intercesión de los Santos Mártires, y otros Documentos interesantes más, tanto de la Santa Sede como del Episcopado Mexicano.







EDICIONES XAVERIANAS
Catálogo de publicaciones
www.xaverianos.com


MuRIERON POR EL EVANGELIO
GuILLERMO MARíA HAVERS
Es un martirologio para cada día del año. Mons. Havers
presenta el perfil de hombres y mujeres del siglo XX, de
distintos países, que son un testimonio de fe, dentro
de la vida cotidiana. Hoy se buscan modelos de vida:
aquí los encuentras. Su memoria no puede ser olvidad










Testimonio de fidelidad a Dios – Mons. Guillermo Havers

Publicado en web el 2 de Enero, 2009
Mónica Livier Alcalá Gómez
Es de procedencia alemana. Tiene 90 años de edad, 60 años de vivir en México, 45 de los cuales ha pasado en nuestra ciudad. Mons. Guillermo Havers camina lentamente. Acaba de concluir la Eucaristía que celebra diariamente en la capilla de su casa, y con ayuda de su secretaria se dispone a acceder a la sala. El padre saluda cordialmente y se excusa, “es que sufro de problemas de los huesos”, y sigue avanzando lentamente, hasta sentarse y sonreír, como sólo una persona que ha vivido en paz con Dios lo puede hacer.
En 1958 llegó a México D. F., para atender a los alemanes católicos que eran muy numerosos en esta ciudad. El entonces Arzobispo de México, Miguel Miranda, le concedió un terreno y con ello, el Padre Havers fundó una parroquia encomendada a San Sebastián Chimalistac; poco tiempo después con ayuda de la generosidad alemana, se logró construir un templo más grande, el cual fue consagrado a Santo Tomás Moro, en donde daba atención pastoral, en un principio sólo a la comunidad alemana, para posteriormente ofrecer servicios parroquiales a toda la feligresía.

¿Cómo surgió el anhelo vocacional?
“Ya durante la adolescencia yo sentía el deseo de ser sacerdote, el cual se fue incrementando con el tiempo hasta mi juventud, cuando decidí entrar al Seminario. La vida de fe de mis padres, el clima de oración, de misa diaria, influyó sin duda en darme cuenta del llamado, así que inicié la Filosofía en Bonn.
“El ingreso al Seminario era difícil y los aspirantes tenían que pasar por distintos exámenes y pruebas. Había muchas vocaciones, por eso la selección era minuciosa; se fijaban sobre todo en los jóvenes con buena capacidad intelectual, le dieron demasiada importancia a la ciencia del joven. Al ingresar, sin embargo, llegamos a ser un nutrido grupo de seminaristas. Pasamos allí desde el 1937 a 1939, hasta que estalló la guerra y todos fuimos llamados a servir al ejército alemán; yo tenía 21 años y pasé 5 años de mi vida en la guerra”.






Padre, cuéntenos, para Semanario, un poco de su infancia, su adolescencia
“Mi papá era catedrático de Lenguas Comparadas. Durante la I Guerra Mundial se le permitió que tomara una cátedra en la ciudad de Berna, Suiza; por esto mi hermano y yo nacimos ahí. Posteriormente, tomó una cátedra en la ciudad católica de Wülrzburg, en Alemania; por lo tanto, fuimos educados en la fe principalmente por los padres agustinos, que nos enseñaron el rezo del Rosario y toda la tradición católica en grupos juveniles y demás. Ellos nos dieron una muy buena formación religiosa.
“Después mandaron a mi padre a la Universidad de Breslau, que ahora es Polonia, pero entonces pertenecía a Alemania. Ahí pasé toda la Preparatoria hasta que cumplí los 18 años, y decidí ingresar al Seminario mayor de Colonia (en el Estado de Renania, Alemania), en donde, gracias a Dios, fui aceptado”.







¿…y las experiencias más difíciles?
“Me tocó estar en Rusia cuando Alemania intentó invadirla. Fueron siete meses de continua lucha con la finalidad de llegar a Moscú; sin embargo, se nos acabaron los víveres y casi morimos a causa de la debilidad. El último grupo de alemanes que huía de Rusia me recogió tirado en la nieve, desmayado, y me llevaron al último tren que salía hacia Polonia, en donde llegué a recuperarme; fueron cuatro meses de estancia en el hospital.
“Durante mi convalecencia, mis superiores se dieron cuenta que yo sabía varios idiomas, por tanto, me mandaron a trabajar como intérprete a otros frentes alemanes. Así llegué a Albania, como traductor de lengua italiana. Sin embargo allí también enfermé, esta vez de hepatitis, por lo que me llevaron a Viena.
“Un día llegó el jefe del hospital y me dijo que tenía órdenes de mandar a todos los muchachos al frente de guerra contra Rusia, pero que había visto en mis papeles que yo era seminarista, entonces dijo que me mandaría al frente en Italia, donde tenía yo más posibilidades de sobrevivir, y así pasó”.






¿Qué le ayudó a sobrevivir al drama de la II Guerra Mundial?
“La guerra y participar en ella fue muy difícil; sin embargo, tuve siempre conmigo el Rosario, no dejé de rezarlo un solo día. El recuerdo de mi familia también fue algo importante, tanto que cargué siempre en mi uniforme una carta de despedida para mis padres, porque no sabía si me matarían de un momento a otro. En ella les agradecía por todo lo que me habían dado, pero sobre todo, por haberme dado la fe católica, como el regalo más grande que me ayudaría también por mi eventual muerte”.





¿Cómo fue que finalmente pudo ordenarse sacerdote?
“Casi al final de la guerra los americanos atacaron esa defensa de Italia que era muy débil. Pude escapar con vida gracias a la generosidad de una familia católica que me escondió. El hijo de estas personas compartía la Eucaristía diaria conmigo, y en una ocasión me dijo que si yo tuviera que esconderme, sus papás me recibirían con gusto. Así que, al llegar el ataque americano, con una bicicleta que tenía, me trasladé a Bolonia, Italia, en donde, una vez pasado todo, pude conseguir papeles de estancia en Italia para viajar a Roma; una vez ahí toqué las puertas del Colegio Alemán para continuar mis estudios teológicos. Finalmente, el 10 de octubre de 1948, fui ordenado sacerdote en Roma”.






¿Por qué decidió venir a Guadalajara?
“Es costumbre en la Iglesia de Alemania que, después de jubilado un párroco, nunca permanece en el mismo lugar al que llega su sucesor, por lo que (al jubilarme y dejar la parroquia de la Ciudad de México) decidí venir a Guadalajara para atender a la comunidad de alemanes católicos que era extensa. Ciertamente, ya no son tantos como antes. Cuando yo llegué tenía como 50 personas en cada misa dominical que celebraba con las religiosas de San Carlos Borromeo. Esto habla de que hay pocos alemanes que emigran hacia acá, aunque por otra parte, en Alemania en sí no hay niños, hay poca gente. Por ello, los domingos ofrezco la Misa casi siempre en español, porque tengo más fieles mexicanos.








¿Qué es lo que más le gusta de esta ciudad?
“La gran fraternidad que existe entre los sacerdotes; tienen mucha amistad y amabilidad. Tengo contactos muy amistosos con algunos de ellos, he encontrado una gran gentileza; de verdad me sorprendió y me sigue sorprendiendo.
“Además en esta ciudad es hermoso ver que todavía hay familias numerosas, con muchos niños, los veo cuando vienen con 3 ó 4 niños a Misa, eso es también una muy buena experiencia. Otro aspecto importante es el número de vocaciones, tanto al sacerdocio como a la vida religiosa, y la actividad y el apostolado en la parroquia. La gente acostumbra la Misa diaria también, mientras que en mi país, un templo entre semana está prácticamente vacío.
Admiro mucho la disponibilidad que tienen las personas de ayudar en la Misa, de participar.



¿Cómo surgió el anhelo vocacional?
“Ya durante la adolescencia yo sentía el deseo de ser sacerdote, el cual se fue incrementando con el tiempo hasta mi juventud, cuando decidí entrar al Seminario. La vida de fe de mis padres, el clima de oración, de misa diaria, influyó sin duda en darme cuenta del llamado, así que inicié la Filosofía en Bonn.
“El ingreso al Seminario era difícil y los aspirantes tenían que pasar por distintos exámenes y pruebas. Había muchas vocaciones, por eso la selección era minuciosa; se fijaban sobre todo en los jóvenes con buena capacidad intelectual, le dieron demasiada importancia a la ciencia del joven. Al ingresar, sin embargo, llegamos a ser un nutrido grupo de seminaristas. Pasamos allí desde el 1937 a 1939, hasta que estalló la guerra y todos fuimos llamados a servir al ejército alemán; yo tenía 21 años y pasé 5 años de mi vida en la guerra”.


¿Regresó a Alemania una vez ordenado sacerdote?
“Sí. Después de mi Ordenación fui enviado a mi país, en donde permanecí 6 años, y tuve dos destinos. Después vino un Obispo puertoriquense que requería de un sacerdote alemán para que diera clases en su Universidad; me dieron la encomienda a mí, y así estuve 3 años en la Universidad Católica de Puerto Rico. Ya de ahí vino el nombramiento de los obispos alemanes para México.


Lo más difícil fue ver a compañeros soldados caer muertos a un lado de mí. Compañeros con los cuales, momentos antes había estado platicando y verlos después muertos, eso fue muy difícil”
“Desesperanza nunca he tenido, ya que, como dice el Papa Benedicto en su más reciente Encíclica, Spes Salvi, todos debemos tener siempre fe y esperanza. Siempre las he tenido, aún en los tiempos de la Guerra; tenía la certeza de que Dios siempre dispone todo a un buen fin y que Él está siempre con nosotros, y esta esperanza me ha dado firmeza, seguridad, certeza de que Dios me guía siempre por sus caminos y nunca me va a abandonar






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